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Sábado 20 Febrero de 2010
Biografía Gerardo Abboud:
Nota extraida del Diario LA NACION
Historias con nombre y apellido
Ngawang Champa: señor de la palabra, que la utiliza con bondad. Literalmente. En tibetano. Ese es el nombre que le puso su lama a Gerardo Abboud en 1972. Veinte años después, ese uso dúctil de las lenguas hizo que este porteño, nacido en el barrio de Belgrano, se iniciara como intérprete de la mayor figura temporal y espiritual del pueblo tibetano, el XIV Dalai Lama, cuando éste visitó la Argentina en 1992.
Pero ¿cómo llega Abboud a hablar con total soltura una lengua que se restringe a una región del sudoeste de China, hasta mediados del siglo XX casi aislada en las alturas del Himalaya? Es una historia, sin duda, con palabras raras, por las que hay que ir saltando como por sobre las piedras de un río, deteniéndose cada vez a observar cómo brilla distinto cada una y cuán cerca o lejos está de la siguiente.
Un salto del tibetano al español, otro del término al concepto, del concepto a la historia... El lama que dio el nombre tibetano a Abboud se llamaba Apho Rimpoche. Apho es un nombre corriente; Rimpoche, en cambio, es un título de nobleza espiritual: "joya humana"; lama es "maestro" dentro del budismo, de la escuela mahayana, tántrica? Así, término por término, se puede llegar a las reencarnaciones y al abismo. Pero no, es más sencillo; según Gerardo, sólo se trata de comprender la existencia.
Al menos es como se inicia esta historia para él. Nacido en 1945, dentro de una familia de buen pasar de origen sirio, es el tercero de cuatro hermanos, pero el primero varón; dato crucial para una madre árabe. En realidad, aclara, todo empezó con un hueco. "Hueco", lo llama una y otra vez; un vacío que lo acechaba en el preciso momento en que debía pilotear su despegue independiente.
"Me había recibido de ingeniero industrial. Era 1969 y aquí corría la época de Onganía, de la dictadura militar. Había hecho disciplinadamente los seis años de esa carrera, que había elegido sólo porque mi padre era industrial, tenía fábricas. Le fue bien, le fue mal, pero en el momento en que ingresé en la universidad tenía varias fábricas. Sin embargo, en el ínterin, mientras yo estudiaba, mi padre se fue desligando de todo. Para el momento en que terminé la carrera, ya no le quedaba prácticamente ninguna industria, ya casi se retiraba. Y yo quería otra cosa, quería salir del país; trabajar en los Estados Unidos, y viajar."
"Los Estados Unidos" era en realidad San Francisco, el flower power , el pelo largo y la libertad. Beber de ese mundo sin corset, que entonces parecía estar en plena fiesta de inauguración, aunque ya tuviera los días contados. La excusa, en principio, era hacer una maestría de su especialidad. Pero, en cualquier caso, necesitaba la visa de residencia y el trámite duraba 14 meses. En definitiva, más de un año en Buenos Aires, donde, para salpimentar el ocio, eligió el pasatiempo de trabajar. Y le fue bien. Analista de finanzas, de sistemas, de proyectos, junior, senior..., joven exitoso en la empresa Ford. Y llegó el telegrama. Nada de despido, la visa.
Al día siguiente renunció y se fue.
El primer avión lo tomó con un libro en el bolsillo recomendado por un amigo: Fragmento de una enseñanza desconocida , del escritor ruso Piotr Ouspensky. Un texto famoso entre los jóvenes con disconformidad existencial, que relataba sus experiencias junto al pensador armenio-ruso George Gurdjieff y que circulaba desde los años 50. "Lo que me dio ese libro era la idea de que había algo interno por descubrir, algo de lo que yo no tenía ni idea. Cuando leí eso me dije, bueno, ahora me explico por qué a mí todo me parece hueco, porque de lo que se trata es de encontrar esta dimensión interna, que es mucho más rica, más normal, más sana." Y, para colmo, proponía que podía haber "sistemas" y "análisis" que abrían un camino para alcanzarla. Una ingeniería, tal vez, para estructurar los vacíos del alma.
Con esas ideas en un bolsillo, y con la determinación deslumbrada de los 25 años, arrancó una travesía que ya no serían 14 meses de oficina, sino 14 años de recorrido por el mundo exterior e interior a un mismo tiempo. Mientras sirve un café a la turca en el living de una casa del bajo de Belgrano amoblado con objetos de Oriente -que parece más el resultado de una acumulación normal de los días sucedidos que una intencionada elección decorativa-, Gerardo Abboud repasa satisfecho un mapa mental del planeta con fronteras que ya se han corrido, ciudades espléndidas que han sido humilladas y un eco de estupor ahora casi irrepetible.
El viaje comenzó con un régimen que puede llamarse de las tres semanas. Tres semanas de asombro, disfrute y esplendor y, a la cuarta semana, empezaba el sinsentido. Primero fueron las cuatro semanas en la Gran Manzana, en el sabroso rebullir del Village de los años 70. Después las cinco semanas en Londres, libertad, diversión, arte? y decepción. Un amigo argentino lo había conectado con Marta Minujín. Y Marta Minujín le había presentado a Kamala Di Tella, la primera mujer de Torcuato Di Tella, siempre vinculada con artistas y músicos, que trabajaba como psicoanalista en Londres. Kamala, cuyo apellido de soltera era Apparao, había nacido en la India, en una familia de pequeños terratenientes. Entre sus conocidos estaba incluso el Dalai Lama, quien, expulsado de Lhasa, la capital de Tíbet invadido por los chinos, vivía al norte de la India. Kamala fue quien le recomendó un cambio cultural al joven Gerardo, que ya entraba en la cuarta semana londinense, la del desconcierto y la insatisfacción. Andate a la India, le dijo. ¿Cómo? En auto. Comprate un auto.
Por esos años todo el mundo iba a la India. Los Beatles habían estado dos años antes, en una visita fotogénica: trajes brillantes, densos collares de crisantemos amarillos y bindis rojos en la frente de gurúes con túnica blanca. El tránsito era incesante. Iban artistas, salía en los diarios, y bastaba que se juntaran cuatro o cinco jóvenes entusiastas, con tiempo y algunos dólares (o libras), para que se compraran una van destartalada y se largaran por la ruta que pasaba por Europa oriental, lo que entonces era Yugoslavia, Turquía, Afganistán y Paquistán. "Yo quería algo distinto -todavía se rebela Abboud-, no más Europa. Además era invierno. Estaba harto del frío. Buscaba un cambio cultural radical, así es que decidí ir por el norte de Africa. Me compré un auto en Colonia, Alemania. Un escarabajo Volkswagen que ya tenía cien mil kilómetros y me costó 400 dólares. Me fui hasta Ceuta, en España; crucé a Marruecos, y seguí todo por el norte: Egipto, Líbano, Turquía? eso me tomó casi tres meses."
¿Quién dice sencillo? Semejante trayecto necesita acompañantes. Los acompañantes se conseguían en las carteleras de los pubs y lugares frecuentados por los jóvenes. Y la mayoría se largaba por la ruta europea. Finalmente, apareció una pareja australiana que quería ir por Africa. "Pero entre la histeria de la chica, que sólo tenía 18 años, y mi neurastenia de los 25 -reconoce el asentado Abboud de hoy- la convivencia se hacía insoportable." De esa batalla lo salvó una guerra, la que había tenido poco antes Egipto con Israel. Ningún extranjero podía, en esos días, ir por tierra hasta El Cairo a través de la ruta que partía de la ciudad libia de Benghazi. Por lo que había que encontrarle una solución al problema, que llevaría tiempo, y tiempo era lo que no les sobraba a los australianos. Total que ellos partieron en avión y Abboud siguió su aventura con amigos circunstanciales de innumerables nacionalidades. Un egipcio que lo aconsejó, un irlandés que le presentó a dos palestinos que le llevaron el auto hasta El Cairo. Después de la imperdible visita a Luxor, un tramo más hasta Líbano y allí tres semanas de lujo con familiares en la entonces espléndida y hoy lacerada ciudad de Beirut. Y de allí a Siria, de donde habían partido sus padres 45 años antes. Todavía arropado por las bendiciones de sus parientes orientales, llegó seguro a Estambul. Allí, por un cartel en el pudding shop (suerte de cafetería en la que ser reunían los jóvenes trashumantes), logró nuevos compañeros de ruta: un camionero inglés que pesaba más de 130 kilos y su silencioso amigo dinamarqués, con los que logró alternar el manejo del impertérrito escarabajo hasta llegar a Delhi.
Y como no hay como viajar para seguir viajando, en Delhi se reencontró con un amigo norteamericano que había conocido en su paso por Afganistán, que no hizo otra cosa que hablarle de Nepal y del budismo tibetano. "Yo no tenía la menor idea de Tíbet, de la invasión china, y cero en religiones orientales", admite quien meses después estaría haciendo meditación, apartado del mundo, en un rincón del Himalaya.
Nepal, por qué no. Dejándose llevar por la inercia del peregrinaje partió a Katmandú. Y, a los quince días, el amigo americano lo invita a compartir una casa que había alquilado a un campesino de Bodha, barrio cercano a la ciudad, donde se levanta una gran stupa, una construcción tradicional que representa la mente iluminada de Buda. El lugar ahora está lleno de turistas, pero entonces era muy apartado. "Muy cerca -le dijo- hay un monte donde un lama da enseñanzas en inglés."
Y con un simple "bueno, voy, no tengo nada que perder", comenzó el capítulo central en la vida de Gerardo Abboud. Tal como el embarcarse hacia la Argentina con cincuenta alfombras y un caballo árabe de carrera como buen capital había sido el gesto de inflexión en la vida de Khairallah Abboud, su padre, casi medio siglo atrás.
El inglés del lama se entendía poco y nada, pero había algo atractivo en la situación. "Fui a dos o tres charlas de éstas y ahí conocí a una chica noruega. En la conversación con ella surgió el tema de la meditación. Hasta ese momento -admite Abboud- para mí meditar era pensar en algo, un sinónimo de reflexionar. No, me dice, meditar es no pensar. Eso fue un shock. Era la primera vez que escuchaba que había algún tipo de conocimiento al que se accedía sin pensar. Y yo estaba harto de pensar. Era una máquina de pensar. Estaba atosigado de pensamiento. Me levanté ahí mismo, subí la montaña y le toqué la puerta al lama. Enséñeme a meditar, le dije."
No fue con él sino con otro lama, y en otra ciudad, con quien finalmente Abboud desarrolló las técnicas de meditación. En principio volvió a la India y subió hasta Dharamsala, la ciudad lindante con la frontera del Tíbet donde vive el Dalai, y donde, en la escuela que éste fundó para la enseñanza del idioma y la tradición tibetana, comenzó a estudiar la lengua que después, por otros doce años, seguiría utilizando.
Ese año decidió no volver a Estados Unidos, y perder, sin inquietarse, la radicación por la que había esperado 14 meses. En realidad decidió no volver a la ingeniería, ni a ningún otro lugar o situación que lo apartara de la investigación de lo que acababa de encontrar. La investigación de sí mismo.
Le escribió al padre explicándole su elección. "El reaccionó inmediatamente", se conmueve Gerardo con el mismo respeto cada vez que lo recuerda. "No entiendo lo que hacés, me dijo, pero te tengo confianza; y no te preocupes por la plata, yo te voy a mandar. No era una cuestión de plata, no se necesitaba tanto, con cien, hasta con cincuenta dólares por mes era suficiente para sostenerse mientras se avanzaba en las prácticas. Era una cuestión de principios. Una generosidad no de dinero, sino de decir te quiero, sos mi hijo, hacé lo que quieras, es tu vida, te tengo confianza."
Volvió a Buenos Aires, de visita, tres o cuatro veces, hasta que en 1983, estando acá, y por ayudar en la traducción a un lama que había sido invitado por un grupo de psicoanalistas, conoció a Juana Lóizaga, que participaba en la organización de la conferencia. Y Occidente volvió a ser su casa. Al menos este occidente porteño, caótico y cosmopolita, distinto del que dejó en 1969. Juana tiene una hija (Gabriela) de un matrimonio anterior y juntos tienen a Sofía, que aprendió a ver el mundo viajando a Oriente y ahora fotografía y expone aquello que ve.
En 1986, con Juana, armaron una pequeña empresa de importación de objetos de la India, con cuyo producto pudieron invitar a la Argentina a dos lamas que Gerardo había conocido en el monasterio de Tashi Jong, cercano a Dharamsala, y que se mostraron bien dispuestos a dejar el Himalaya por algunas semanas para viajar al exótico Buenos Aires. Con ellos -Drubwang Dorzong Rimpoche y Dugu Choegyal Rimpoche- fundó el centro Dongyuling, donde desde entonces se desarrollan prácticas de meditación y enseñanzas de budismo, en forma gratuita, todos los miércoles y domingos.
Cuando en 1993 el Dalai Lama planeaba una gira por América latina empezaron a llegar embajadores de su oficina de Nueva York para organizarla. Uno de ellos dio una charla informal sobre cultura tibetana, Abboud fue a hacerle de intérprete, calculando que traduciría del inglés, pero resultó en tibetano. Al finalizar la conferencia el embajador le pidió que tradujera al Dalai. Había sido una prueba y, sin saberlo, la había superado. Desde entonces ya acompañó en cuatro giras al Dalai Lama como intérprete oficial, y lo hará también en 2011, en la gira que llegará a Buenos Aires en el mes de septiembre. Su secreto no fue solamente conocer bien el idioma, sino comprender el origen de lo que se estaba diciendo.
El más básico de estos conceptos, la primera enseñanza budista de su maestro, la que capturó su atención e hizo que detuviera aquel desordenado peregrinar que lo llevó a la India, no tiene que ver con la religión, dice, sino con la filosofía. "No entra en juego un creador, ni un Dios que hay que probar si existe o no. Olvida eso. La preocupación es si uno existe, y cómo existe, y cómo existe lo que a uno lo rodea. Es empezar a analizar la ignorancia básica de saber lo que realmente somos, conocer por experiencia directa qué soy, y qué soy en el absoluto."
Cuando habla en los países poderosos del mundo, el Dalai Lama se refiere a las condiciones en que se encuentra su pueblo. A estas alturas -aclara Abboud- ya sólo aspira a una autonomía como la de Hong Kong, con algunas carteras, sobre todo las culturales, en manos de los tibetanos. En Lhasa, la capital, el 70% de la población ya es de chinos han. En cuanto a la religión, sólo habla de budismo cuando hay grupos específicos que se lo piden; la voluntad de las giras es promocionar los valores humanos fundamentales: paciencia, tolerancia, amor, compasión, empatía. Fomentar, en suma, una ética laica; porque la mayoría de la gente en el mundo no sigue una religión, aunque pertenezca a una religión. Y porque, dice que dice el Dalai, después de todo, la mejor religión es un buen corazón.
EL PERSONAJE
GERARDO ABBOUD
un porteño que traduce, del tibetano, las conferencias de los grandes lamas
Diciembre 2009
Mudras Konchog Chindu mudras_konchog_chindu.avi
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Noviembre 2009
Enseñanzas de Gampopa
del 26 al 29 de noviembre de 2009
Práctica de meditación intensiva y explicación del texto
"La Guirnalda de Joyas del Camino Supremo"
Este texto de Gampopa, el gran Maestro Tibetano fundador de la tradición Kagyupa de Budismo Tibetano, indica en forma de consejos las condiciones que debemos tener para transitar el sendero del Dharma como un verdadero practicante espiritual que desarrolla las cualidades necesarias para alcanzar la iluminación.
Lugar: Centro Loyola del Colegio Máximo, Av. R. Balbín 3226, San Miguel
Tel: 4455-7992
Instrucciones de cómo llegar: http://www.centroloyola.org.ar/ubicacion.html
Ingreso: jueves 26 de noviembre de 18 a 20 hs
Finaliza: domingo 29 de noviembre, después del almuerzo
Costos
Costo incluye enseñanzas, alojamiento y comidas (desayuno, almuerzo y cena)
Habitación individual con baño privado $ 780
Habitación doble compartida con baño privado, por persona $ 630
Sin alojamiento, incluyendo sólo el almuerzo $ 350
Reserva: $ 100
Informes e inscripción: dongyuling.ba@gmail.com, Tel: 4784-2753
DONGYULING 
Centro Drukpa Kagyu de Budismo Tibetano
Centro de estudio y práctica de meditación budista fundado por Dorzong Rinpoche y Choegyal Rinpoche en 1986. En sus sedes de Buenos Aires, Bariloche y Tandil se realizan reuniones regulares de práctica y estudio. Dongyuling es visitado frecuentemente por los lamas Choegyal Rinpoche, Tsoknyi Rinpoche y Choegon Rinpoche.
El Ingeniero Gerardo Abboud es presidente del Centro Dongyuling, donde enseña filosofía y práctica budista. Desde 1971 hasta 1985 vivió en India y Nepal estudiando y practicando budismo con lamas tibetanos. Ha estado traduciendo del idioma tibetano al inglés y al español para sus maestros y otros lamas desde sus días en la región del Himalaya y, desde 1992, es el intérprete al español para América Latina de Su Santidad el Dalai Lama.
Migueletes 1857 - Capital Federal, Buenos Aires, Argentina
Miércoles de 20.15 a 21.30 hs - Domingos de 19 a 21 hs
Abril-Mayo 2009




03 de Noviembre de 2008
Retiro de Meditación con Gerardo Abboud
Las Seis Acciones Trascendentes (Paramitas)
del 27 al 30 de noviembre de 2008
Práctica de meditación intensiva y explicación de las Seis Paramitas.
El camino altruista del bodhisattva se basa principalmente en el desarrollo de la compasión y la sabiduría. Al integrar estos factores en las prácticas de generosidad, disciplina, paciencia, perseverancia, meditación y conocimiento, éstas se transforman en trascendentes y poseen la capacidad de llevarnos a la iluminación.
Lugar: Centro Loyola del Colegio Máximo, Av. Ricardo Balbín 3226, San Miguel
Tel: 4455-7992
Ingreso: jueves 27 de noviembre de 18 a 20 hs
Finaliza: domingo 30 de noviembre, después del almuerzo
Costos
Costo incluye enseñanzas, alojamiento y comidas (desayuno, almuerzo y cena)
Habitación individual con baño privado $ 700
Habitación individual con baño compartido $ 600
Habitación doble compartida con baño privado, por persona $ 600
Habitación doble compartida con baño compartido, por persona $ 500
Sin alojamiento, incluyendo sólo el almuerzo $ 350
Reserva: $ 100
Informes e inscripción: dongyuling.ba@gmail.com, Tel: 4784-2753
DONGYULING
Enseñanza de la práctica de Konchog Chindu
Todos los Miércoles a partir del 5 de Marzo 19.30 a 20.15 hs.
Retiro de Meditación
con
Gerardo Abboud
Las Dos Verdades en Unión
del 22 al 25 de noviembre de 2007
Práctica de meditación intensiva y explicaciones sobre el textoTodas la enseñanzas de Buda están incluidas en las Dos Verdades: Relativa y Absoluta. Mientras la primera pertenece a la existencia tal cual la percibimos, la segunda corresponde a la naturaleza esencial de la realidad. En este texto, todos los aspectos de la práctica se encaran combinando los dos niveles de verdad, para que no permanezcan a un nivel meramente teórico sino se integren a nuestra experiencia.
Lugar: Instituto Maria Auxiliadora, Fleming 3691, San Miguel, Tel.: 4455-7826
Habitaciones individuales con baño privado
Ingreso: jueves 22 de noviembre de 18 a 20 hs
Finaliza: domingo 25 de noviembre, después del almuerzo
Costo total: $ 380, incluyendo enseñanzas, alojamiento y comidas,
Reserva: $ 50
Informes e inscripción: dongyuling.ba@gmail.com, Tel: 4784-2753

DONGYULING Centro Drukpa Kagyu de Budismo Tibetano Centro de estudio y práctica de meditación budista fundado por Dorzong Rinpoche y Choegyal Rinpoche en 1986. Sus sedes de Buenos Aires y Bariloche tienen reuniones regulares de práctica y estudio y reciben frecuentes visitas de los lamas Choegyal Rinpoche, Tsoknyi Rinpoche y Choegon Rinpoche. El Ingeniero Gerardo Abboud es presidente del Centro Dongyuling, donde enseña filosofía y práctica budista e idioma tibetano. Desde 1971 hasta 1985 vivió en India y Nepal estudiando y practicando budismo con lamas tibetanos. Ha estado traduciendo del idioma tibetano al inglés y al español para sus maestros y otros lamas desde sus días en la región del Himalaya y, desde 1992, es el intérprete al español para América Latina de Su Santidad el Dalai Lama. Juncal 3575 1°, Capital Federal Miércoles de 20.15 a 21.30 hs - Domingos de 19 a 21 hs |
Biografía Gerardo Abboud:
Nota extraida del Diario Página 12

Después de alcanzar la iluminación, tras 49 días de paz infinita, Buda les transmitió a sus discípulos sus primeras enseñanzas. Las cuatro nobles verdades: 1) Hay sufrimiento. 2) Hay una causa para el sufrimiento. 3) Hay un fin del sufrimiento. 4) Hay un camino que lleva al fin de sufrimiento. Nada de esto sabía Gerardo Abboud, un promisorio ingeniero de 25 años. No se sentía para nada seducido por su futuro profesional, ni con la idea de casarse, tener hijos, comprarse una casa, progresar económicamente, etcétera. Si para los demás su primer año de experiencia laboral había sido excelente, para él la frustración era insoportable. Así, a fines de los ‘60, se fue de viaje. Lo único que parecía tener claro era el primer punto: en la vida hay placer, sí, pero también hay sufrimiento. Primero se fue a Estados Unidos, con la idea (o con la excusa) de instalarse allí para trabajar. Alguien le había pasado los Fragmentos de una enseñanza desconocida de P.D. Ouspensky y la narración del matemático ruso de sus años de aprendizaje junto a Gurdjieff lo llevaron a hacerse muchos cuestionamientos. “Cuando empecé a leerlo, al igual que muchos otros, empecé a entender por qué había tanta insatisfacción. Pero a la vez, paralelamente, esa insatisfacción empezó a crecer y a crecer hasta que finalmente me di cuenta de que no iba a encontrar nada de Ouspensky o Gurdjieff en Estados Unidos. Lo mismo me pasó en Londres. Y la India soplaba en el oído: era la época en que todo el mundo iba a la India”, recuerda sonriente Gerardo, que aclara que por entonces no sabía nada sobre budismo o hinduismo; sin embargo, intuía todo, o por lo menos algo. La inercia que lo llevó a la India sigue siendo inescrutable: “Me compré un autito en Alemania y me fui por el norte de Africa”. El camino habitual era ir por Europa oriental, pero Abboud necesitaba un cambio total de cultura. “Estaba saturado, así que me fui por Marruecos, y llegué hasta Turquía. Fue un viaje fantástico, pero también con mucha angustia, porque no sabía bien qué iba a buscar. Pensaba que por ahí no encontraba nada.” A los 15 días de llegar a Katmandú, Nepal, Gerardo conoció a un lama. “Me despertó un interés enorme que se tratara de una religión no teísta. Era una tradición en la que no había ningún dios creador. Yo venía de haberme hecho grandes cuestionamientos religiosos: era más bien agnóstico, así que la idea de una religión sin dios me interesó enseguida. De repente me encontré con que el budismo me decía que ese sentimiento de insatisfacción era una manifestación de inteligencia, una forma de entender que sí, las cosas son huecas: las ves huecas porque son así. El problema es que uno siente que no es hueco. Y uno también es hueco. La otra cuestión importante fue entender que meditar no era ‘pensar’, que es lo que uno interpreta cuando alguien dice que se retiró a ‘meditar’ sobre tal o cual problema. Eso me pareció muy revolucionario. Había encontrado un lugar en el que me sentía cómodo. Por primera vez había encontrado un camino espiritual que estaba a tono con lo que tenía adentro. Y eso se abría ante mí en el Himalaya, con toda esa belleza fantástica. Así que me quedé 14 años.”
A poco de llegar, se encontró con el célebre Lama Thubten Yeshe. Lo curioso es que en su primer encuentro con un lama, en 1971, dos fotógrafos del Paris Match lo retrataron para una cobertura que mostraba a los extranjeros que se iban a Katmandú. (De esos años, Gerardo recuerda que, en la ruta hacia Goa, los más destruidos solían ser los franceses...) El camino para alcanzar el fin del sufrimiento lo llevó a Dharamsala. Allí empezó a estudiar en la Library of Tibetan Works & Archives, suerte de fuente de la sabiduría tibetana que terminó signando su destino. Por entonces, el Dalai Lama había abierto en esta biblioteca (que guarda todos los archivos de textos tibetanos) un instituto destinado a enseñarles a extranjeros. “En ese momento pensé que tomar un curso para aprender tibetano no me iba a venir mal, ya que quizá me iba a permitir comunicarme directamente con los lamas.” Finalmente, instalado en la ciudad de Manali, conoció a su gurú: Apho Rinpoche. Así, mientras se sucedían los encuentros con lamas notables, Abboud se convirtió en un budista hecho. Y derecho, porque a la vez que experimentaba el espíritu de la tradición budista con los lamas, la interpretaba y la transmitía desde su trabajo como traductor. Todo esto generó un proceso de aprendizaje permanente. “Mi aprendizaje del budismo proviene de mi contacto con los lamas. Por haber dominado el idioma de los lamas desde hace tanto tiempo y también por mi trabajo. Hay una exposición natural como traductor. Si uno tiene que traducir al Dalai Lama ante 150 personas, uno se encuentra con que el público hace una variedad de preguntas que también te llevan a aprender. Y a su vez, todas las preguntas que yo tengo se las hago directamente a los lamas. La tradición oral tiene algo muy importante, que es la idea de continuidad, y es algo que se remonta a Buda. Por eso los lamas insisten en que la enseñanza no se detenga. Un libro es algo seco, en cambio un maestro es un libro húmedo, está impregnado con esa fuerza espiritual. A veces hay maestros que no tienen la experiencia, la vivencia y que son grandes eruditos, y cuando viene un discípulo, que quizá viene bien rumbeado, lo desvían porque le pregunta algo que está fuera de los libros. En cambio, un maestro que no tiene un saber académico, pero tiene la experiencia, nunca va a desviar a un discípulo. Las experiencias de satori que describen las iluminaciones de los maestros zen provienen de este tipo de maestros.”
Cuando se le pregunta a Abboud si en su experiencia hubo algún instante de iluminación, algo similar a lo que el budismo zen llama satori, se ríe. Se ríe mucho, tanto que al final la risa termina resultando contagiosa. La misma alegría que se le observa al Dalai Lama, la misma síntesis de liviandad y profundidad la tiene este ingeniero argentino, de familia siria, que tampoco quiere exagerar su rol de traductor del Dalai Lama. “En el año ‘73 ya empecé a hacer mis traducciones más elementales. Al Dalai Lama lo traduje recién en el ‘92, en una gira por la Argentina, Chile y Venezuela. En realidad ya había tenido una entrevista muy larga con él en el ‘72. En aquel entonces él tenía mucho más tiempo. Mientras tanto, iba traduciendo a otros lamas.” En 1985, Gerardo, alentado por el regreso de la democracia, decidió volver. En 1983 ya había pasado por Buenos Aires, en coincidencia (como traductor) de la llegada del primer lama al país. Entonces, las 300 personas que concurrieron a aquel encuentro le sirvieron como muestra del creciente interés que había ya por el budismo.
Hoy en día, Gerardo imparte instrucciones de meditación y enseñanzas budistas en el Centro de Budismo Tibetano Dongyuling (gabboud@uol.sinectis.com.ar). También estuvo con el Dalai el ’99, durante su visita a la Argentina y en Chile. Y el año pasado, en Miami y en cuatro países de Centroamérica y México. “Yo mayormente traduje a otros lamas. Y de vez en cuando traduzco al Dalai”, sintetiza a la vez que destaca el buen humor no sólo del Dalai sino de todos los lamas: “El saber que todo es como un sueño, y que todo es hueco, da una gran liviandad. Yo fui muy afortunado, porque en la década del ‘70 alcancé a conocer a muchos de los lamas de la vieja camada, que fueron mis maestros. Y a la vez también conozco a los de la nueva generación. Tengo todo el espectro”.
Perseguidos por la República Popular China, los lamas se escaparon del Tíbet en el ‘49. Cuando Gerardo llegó, hacía sólo 6 o 7 años que se habían establecido en el Himalaya. “Eran pocos los extranjeros que llegaban por entonces. Lo bueno es que de entrada logré enganchar con la doctrina budista, que es muy rica y muy profunda. No te saciás nunca. Conforman un cuerpo muy orgánico de enseñanzas. Aprendiendo distintas partes te das cuenta de que está todo muy interconectado. Es una fuente de conocimiento, pero además es una fuente de vida espiritual.”
Las singularidades de la lengua tibetana tuvieron un rol fundamental en su conversión al budismo: “Toda la terminología budista está en tibetano y es muy precisa. El idioma fue creado para traducir las enseñanzas budistas, así que las palabras son muy claras: no tienen un trasfondo cultural anterior, no es un idioma que esté cargado de otras connotaciones y significados. Todos los traductores tenían un código y todos las traducían de la misma manera, no importaba qué traductor era”.
El primer rey del Tíbet que decidió instituir el budismo como religión se encontró con que no había en las lenguas locales un idioma con la sofisticación necesaria para expresar cuestiones tan profundas. Así que mandó un equipo de gente a la India para crear un idioma escrito, formal, con gramática, con un alfabeto, etcétera. Y nació el tibetano. “Es un idioma que te traduce la mente con una precisión formidable y que quizá se queda muy corto para describir una turbina de avión, porque es un idioma que se desarrolló de otra manera. En Occidente, las palabras también pueden describir muchas cosas de la mente, pero a la vez tienen un contenido cultural muy fuerte. Si hablás de sabiduría, el sentido que se le da en Occidente no coincide con el que tiene el tibetano. Las palabras tienen un sentido etimológico, pero después de varios siglos van adquiriendo otro sentido además del etimológico. Esa es la diferencia que aportan las culturas. El problema es cuando hay dos culturas que son muy distintas: las palabras occidentales son fantásticas para la cultura occidental. Y las palabras del alfabeto tibetano son fantásticas para el budismo.”
Para Abboud, su experiencia como ingeniero le resultó positiva. Parece ser que la tradición espiritual budista es muy científica. “Es una tradición que, a diferencia de otras, alienta los cuestionamientos. Buda dijo que no servía de nada que se tomaran sus palabras con una fe ciega. Eso no genera una transformación. Ese cuestionamiento es justamente el proceso de comprobar la verdad de su enseñanza, de poder asimilarla y aceptarla. En última instancia, el budismo es un entrenamiento de la mente, un estudio minucioso de la mente, para que la mente aprenda cómo investigarse. La causa del sufrimiento es la ignorancia. Si uno no destruye la causa del sufrimiento, todas las alegrías van a ser efímeras. Que Buda haya encontrado con tanta exactitud cuál es la causa del sufrimiento es algo que le da al budismo un valor universal. Como dice el Dalai Lama, el principal objetivo del budismo es encontrar la verdad. ¿Por qué? Porque el encontrar la verdad significa eliminar la ignorancia, y eliminar la ignorancia significa eliminar el sufrimiento. Es así de simple y de práctico.”

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